lunes, 24 de noviembre de 2008

Violencia de Género

AGRESORES
El enemigo en casa




LA MUJER ES UN OBJETO QUE LE PERTENECE. Y cuando no acata sumisamente su voluntad, cuando se le ocurre 'rebelarse', se siente humillado y recurre a la violencia. Ésta es la clave de la conducta del maltratador. Un hombre celoso, posesivo y controlador, que actúa como si tuviese una especie de derecho natural para degradar a su pareja.

Las palabras de uno de estos hombres, sometido a terapia con el psicoterapeuta Luis Bonino en el Centro de Estudios de la Condición Masculina de Madrid, lo confirman: «Ella no me hace caso y no puedo aguantar que tenga una opinión diferente a la mía». Por eso, cuando su mujer no se adapta a sus ideas, a él «se le va de las manos». Y responde con violencia.

La mayoría de estos hombres tienden a minimizar los efectos de su conducta, suelen recurrir a la mentira y no se reconocen como maltratadores. Los golpes que propinan a la mujer se transforman en una simple «pelea» cuando quien lo cuenta es el agresor. Los insultos y gritos, en comunes «problemas de pareja». Tampoco son conscientes del daño que hacen. Simplemente ponen a sus mujeres «en el lugar que les corresponde»: siempre por debajo de ellos.

El complejo de inferioridad y la poca autoestima que suelen tener convierten cualquier 'desaire' -así ven cualquier opinión o conducta que no se ajuste a su punto de vista- en una ofensa a su virilidad. Un sentimiento de humillación que quieren eludir a toda costa. Para ello, optan por el extremo contrario y buscan en las palizas a sus mujeres un poder que se les niega en la calle. Por eso no se resignan a perderlas. Las necesitan vitalmente para desahogarse. Y encuentran la excusa perfecta cuando a ellas se les ocurre llevarles la contraria. «Discutimos porque ella quería cambiar de trabajo, pero a mí me parece bien el que tiene. Después no sé que pasó, la golpeé y la dejé un ojo morado», cuenta un paciente de Bonino.

¿EXISTE UN PERFIL DEL HOMBRE MALTRATADOR?

Socialmente no hay un prototipo de maltratador; puede ser de clase alta o baja, con estudios o sin ellos, joven o viejo. «Es un perfil plano», dice Bonino, que trata a unos 50 de estos hombres al año. Su conducta no tiene por qué estar ligada al consumo de alcohol o drogas -en el 80% de los caso no lo está- y tampoco a desviaciones psíquicas. En contra de lo que pueda parecer, la mayor parte de los agresores no son enfermos mentales. Según Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco y pionero en España en la aplicación de terapias a hombres maltratadores, «el 20% de ellos sí presenta un trastorno mental –alcoholismo, esquizofrenia paranoide, trastorno delirante…-. Pero el 80% son ‘normales’; no existe un trastorno grave, aunque sí presentan alteraciones de la personalidad y cognitivas, como un machismo extremo o la justificación del uso de la violencia para resolver problemas».

«Lo único que tienen en común es que son hombres y que tienen muy interiorizada la idea de que la mujer está a su disponibilidad», afirma Bonino. Según asimilen más o menos esta idea se convertirán en un tipo diferente de agresor: asesinos, violentos físicos o psicológicos, controladores… En ocasiones los hombres con mayor status social y cultural recurren a formas más sutiles de violencia, como la psicológica, mientras que los que tienen un nivel cultural menor optan directamente por los golpes.

La mayoría no son agresivos de forma habitual. Ejercen su violencia de forma selectiva, sólo con su mujer. Por eso es tan difícil reconocerlos. Además, desarrollan una especie de doble personalidad «hacen lo que corresponde hacer a un hombre cuando están en público: tratar bien a su mujer; pero son unos tiranos en privado», según Bonino. «Esta doble fachada es más acusada en los maltratadores que ejercen violencia física».

Además suelen presentarse a sí mismos como víctimas. «Discutimos y ella me dijo que no aguantaba más y que se iba. Yo la empujé y se cayó». Así describe un ingeniero de 28 años una de las agresiones a su pareja. «Tuvimos un desencuentro, le grité y se asustó», «me provocó», «si se hubiese quedado callada no habría pasado nada», dicen otros.

Los valores machistas que imperan en la sociedad han calado hondo en estos hombres, llevándoles a extremos límite. Muchos incluso sufrieron maltratos en su infancia y han interiorizado la violencia como un comportamiento normal. Los golpes y los gritos son su único recurso. La única forma de enfrentarse a una vida que no transcurre como a ellos les gustaría.

RAQUEL QUÍLEZ

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viernes, 21 de noviembre de 2008

Funes el memorioso

Funes el memorioso

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Test de Szondi

martes, 18 de noviembre de 2008

Male vs Female





lunes, 10 de noviembre de 2008

CEREBRO Y HOMOSEXUALIDAD

Las diferencias señaladas en el cerebro de hombres y mujeres han llevado a considerar la posibilidad de que exista un estado intermedio, correspondiente al de individuos con características de homosexualidad. Recientemente se ha iniciado la búsqueda de bases orgánicas en el cerebro para explicar la orientación sexual hacia individuos del mismo sexo que se presenta en un segmento de la población humana.

Los hallazgos más notables en este sentido son las diferencias anatómicas en el cerebro de homosexuales masculinos, en comparación con el de los heterosexuales, también masculinos, que se han encontrado en el laboratorio del doctor Simon LeVay, en los Institutos Nacionales de Salud, en Bethesda, Estados Unidos. El antecedente de los estudios del doctor LeVay en este campo, lo constituye un trabajo en ratas en el cual se observó que un grupo de células situado en la parte anterior del hipotálamo, conocida como área preóptica media, es varias veces más grande en el macho que en la hembra. Lo interesante, en relación con la diferencia encontrada en este grupo de células, es que, como se menciona en otra parte de este capítulo, precisamente esta minúscula región del cerebro es la que tiene a su cargo la generación del comportamiento sexual masculino. Recordemos que la interacción de las hormonas masculinas con receptores en el cerebro determina en un momento dado del desarrollo, las características "masculinas" o "femeninas" en el cerebro de los individuos.

Previamente al estudio de LeVay, un grupo de neurobiólogos de la Universidad de California descubrieron que uno de los núcleos neuronales del hipotálamo anterior, el INAH3 (figura VII.5), es claramente más grande en los hombres —hasta tres veces mayor— que en las mujeres. De acuerdo con lo que se mencionó en el párrafo anterior sobre la influencia de las hormonas masculinas en el desarrollo del cerebro, esta diferencia en las células INAH3 se produce como consecuencia de la exposición a los andrógenos del cerebro de un embrión del sexo masculino. Esta observación se ha confirmado después por muchos grupos de investigadores y resulta muy claro que, en efecto, este grupo de neuronas de la región preóptica del hipotálamo es más grande en los hombres que en las mujeres. La aparición del SIDA, y el reconocimiento de que la enfermedad causa alteraciones en el sistema nervioso, hizo que los neurobiólogos se concentraran en el estudio de las características del cerebro de los individuos muertos por la enfermedad. Como el síndrome se presentó con mayor incidencia en los grupos homosexuales, durante el estudio de las características del cerebro de los individuos muertos a causa de esta enfermedad, se examinó también el hipotálamo. Fue entonces que el grupo del doctor LeVay descubrió que el conjunto de neuronas en el área preóptica a la que nos hemos referido, el INAH3, tenía menor tamaño en los individuos homosexuales masculinos, en comparación con los hombres heterosexuales, aunque era en promedio todavía mayor que el de las mujeres (figura VII.6).

Otra diferencia interesante, en relación con este mismo tema, es la encontrada en el tamaño de la comisura anterior, un haz de fibras nerviosas que corre justo arriba del hipotálamo, que es menor en los heterosexuales que en las mujeres, y mayor en los homosexuales varones. Al hacer la corrección por el tamaño del cerebro, esta estructura es similar en tamaño en las mujeres y en los homosexuales.

Figura VII.5. Un grupo de neuronas, el núcleo INAH3, situado en el hipotálamo anterior, es notoriamente mayor en los hombres que en las mujeres.

Figura VII.6. El núcleo INAH3 tiene menor tamaño en los hombres homosexuales que en los heterosexuales, según el estudio de LeVay.

Estas observaciones sugieren la posibilidad de que algunas características anatómicas del cerebro de los homosexuales varones sean intermedias, entre las de las mujeres y las de los heterosexuales hombres, y como consecuencia lógica de esto surgiría la pregunta de si estas características determinan o más bien son consecuencia de las diferencias en su orientación sexual.

El estudio de LeVay despertó gran interés, como es de suponerse, pero fue también sujeto de crítica muy rigurosa por parte de los científicos. Uno de los argumentos que resta solidez a la interpretación de LeVay es, esencialmente, que la mayor parte de los individuos en los que se observó el decremento en el núcleo hipotalámico habían muerto de SIDA, por lo que no puede excluirse la posibilidad de que el virus tenga influencia específica sobre ese núcleo. Esta crítica, sin embargo, no parece tener fundamento, a la luz de los hallazgos más recientes acerca de las características del daño neuronal causado por el virus del SIDA de las células que ataca preferentemente, no son del tipo de las que se encuentran en el INAH3. Otra crítica, que podría tal vez tener mayor solidez, es que la mayoría de los pacientes con SIDA, en las etapas terminales de la enfermedad, tienen niveles de testosterona circulantes mucho más bajos que los individuos sanos. Esta deficiencia hormonal podría, con el tiempo, llevar a la disminución del número de células en la región específica del hipotálamo en la que sí se sabe que las neuronas tienen un gran número de receptores de los andrógenos. La validez de estas críticas podrá ser evaluada en el futuro, cuando se examinen muchos más casos de homosexuales muertos por causas diferentes al SIDA y, en forma correspondiente, de heterosexuales varones muertos por SIDA. Como siempre ocurre en investigación, las interpretaciones se van consolidando cuando las observaciones se confirman en un gran número de muestras.

¿Cuál podría ser la razón de estas diferencias? Por una parte se ha pensado en posibles diferencias cualitativas o cuantitativas en la interacción de los andrógenos con receptores en el cerebro durante etapas tempranas del desarrollo. Otra posible causa que ha sido considerada por los científicos es una diferencia genética, aunque los estudios en este sentido están aún en etapas muy preliminares. De cualquier forma, es aún prematuro obtener algún tipo de conclusión acerca de estas diferencias. Podría pensarse, por una parte, que las diferencias observadas existen desde etapas muy tempranas del desarrollo del cerebro y que están relacionadas con la orientación sexual del individuo. Una segunda posibilidad, que no tiene sustento muy sólido por lo que conocemos acerca de la magnitud de los cambios anatómicos que se desarrollan como consecuencia de la plasticidad funcional del cerebro, es que el comportamiento y las reacciones sexuales y emocionales de los individuos con distinta orientación son las que originan estos cambios. Y una tercera posibilidad es que no existiera ninguna relación entre las diferencias observadas y los patrones de conducta sexual. Ésta es un área de investigación que apenas se inicia y que seguramente se desarrollará vigorosamente en los próximos años.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Chimpancés y hombres

¿Piensan las mujeres de forma distinta a los hombres?

La VERDADERA DIFERENCIA

entre HOMBRES y MUJERES

Yolanda Rodríguez Domínguez.

Profesora C.F.Laboratorio.

IES Santiago Apóstol (Almendralejo)



Los hombres y las mujeres son diferentes. Son iguales únicamente en que son todos de la misma especie, la humana. Pensar que son iguales en cuanto a aptitudes, habilidades o comportamiento significa crear una sociedad basada en una mentira biológica y científica.

Los sexos son distintos porque su cerebro es distinto. El cerebro está organizado de modo diferente en el hombre y en la mujer; procesa información de manera diferente; lo que resulta en percepciones, prioridades y comportamientos distintos.

No es el corazón el que rige lo que somos, el modo en que nos comportamos, como pensamos y lo que sentimos, sino el cerebro. El cerebro se ve influido, en su estructura y funcionamiento, por las hormonas. La estructura cerebral y las hormonas son diferentes en hombres y mujeres; por tanto, no es sorprendente que actúen de manera distinta. Las diferencias en el comportamiento humano dependen de la interacción entre las hormonas y el cerebro.

Para entender las diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer veamos aspectos generales de la organización cerebral:

Controles del lado derecho del cerebro:

- Visual.

- Espacial.

- Visión global.

- Emocional.

- Abstracto.

- formas y modelos.

Controles del lado izquierdo del cerebro:

- Verbal.

- Lingüístico.

- Detalles.

- Práctico.

- Concreto.

- Secuencias ordenadas.

El lado derecho del cerebro controla el lado izquierdo de nuestro cuerpo, y el lado izquierdo el derecho.

Pero, continuando con el tema que nos ocupa, ¿cuáles son estas diferencias en los cerebros de hombres y mujeres?.

En las mujeres la división de funciones entre los dos hemisferios cerebrales está menos definida, tanto el lado izquierdo como el derecho participan en las habilidades verbales y visuales.

El cerebro del hombre es más especializado. El hemisferio izquierdo del cerebro del hombre está dedicado casi exclusivamente a controlar las habilidades verbales y el derecho a las visuales. Los hombres, por ejemplo, tienden a emplear el derecho cuando se dedican a problemas abstractos, mientras que las mujeres emplean ambos lados.

Las reacciones emocionales de las mujeres se sitúan en ambos hemisferios mientras que en el hombre se encuentran en el derecho.

En cuanto a las emociones, hay científicos que sugieren que la diferencia entre las reacciones de hombres y mujeres puede explicarse por las diferencias en la estructura y la organización del cerebro.

El hombre mantiene sus emociones en el hemisferio derecho, mientras que la capacidad para expresar verbalmente sus sentimientos se sitúa en el izquierdo. Como las dos mitades están conectadas por un menor número de fibras que en la mujer, el flujo de información de un lado a otro del cerebro es más limitado. A un hombre le es más difícil expresar lo que siente porque la información fluye con menos facilidad al lado verbal.

La mujer puede expresar sus sentimientos con palabras ya que lo que siente se transmite mejor al lado verbal del cerebro. Le es más difícil separar la emoción de la razón debido al modo en que está organizado su cerebro: se intercambia más información entre los dos lados del cerebro.

Las diferencias.

Los hombres y las mujeres podríamos vivir más felices, comprendernos y amarnos mejor mutuamente, organizar mejor el mundo, si reconociéramos nuestras diferencias.

Las diferencias se observan desde las primeras etapas de la infancia:

- Las niñas dicen sus primeras palabras y aprenden a hablar con frases cortas antes que los niños, y hablan generalmente con mayor soltura. Leen antes y son mejores a la hora de afrontar el desarrollo del lenguaje (gramática, puntuación, ortografía).

En cuanto a los sentidos:

- Las niñas y las mujeres oyen mejor que los hombres y muestran mayor sensibilidad al sonido. Ven mejor en la oscuridad y tienen mejor memoria visual.

- Las diferencias se extienden a otros sentidos. Las mujeres reaccionan más rápida y agudamente al dolor, aunque su resistencia global al malestar a largo plazo es mayor que la de los hombres.

- Los hombres y las mujeres poseen un sentido distinto del gusto: las mujeres son

más sensibles a los sabores amargos y los hombres a los salados. Sin embargo las mujeres poseen mayor delicadeza y percepción gustativa.

Tanto la nariz como el paladar son más sensibles entre mujeres que entre hombres; un ejemplo es su percepción del exaltolide, un olor que se relaciona con los hombres, pero que éstos casi no notan. A las mujeres, este olor las atrae y esta sensibilidad aumenta justo antes de ovular, en un momento crítico de su ciclo menstrual, la biología de la mujer la vuelve más sensible al hombre.

Esta superioridad en tantos sentidos puede medirse clínicamente y , sin embargo, es lo que explica la “intuición” femenina.

Las mujeres están mejor equipadas para percibir cosas ante las que los hombres son comparativamente ciegos y sordos. Están más capacitadas para captar señales sociales y matices importantes en el tono de voz o en la intensidad de la expresión. Los hombres se “crispan” a veces ante la reacción de las mujeres a lo que dicen. No se dan cuenta de que las mujeres están “oyendo” probablemente mucho más de lo que ellos mismos creen estar “diciendo”.

A los hombres les parece que las mujeres son incapaces de centrarse en el objetivo de una conversación sin andarse por las ramas, que nunca dicen claramente lo que quieren y que ellos se ven obligados a “traducir” continuamente el significado de los mensajes.

La mujer utiliza la comunicación indirecta con el objetivo de evitar el enfrentamiento directo y, por tanto, facilitar el entendimiento (ella es la del cerebro comunicador).

Cuando la conversación se produce entre dos mujeres no hay problema porque ambas emplean los mismos recursos y hablan el mismo idioma. Si la conversación se produce entre un hombre y una mujer, él se sentirá totalmente aturdido por la falta de objetivos en la conversación. Pero se equivocan. Existe siempre un mensaje oculto.

Se han observado diferencias en la memoria comparativa de hombres y mujeres. Las mujeres pueden almacenar, al menos durante períodos cortos, más información irrelevante y fortuita que los hombres. Los hombres sólo pueden hacerlo cuando la información se organiza de modo coherente o posee un importancia especial para ellos.

Y sí, los hombres son más egocéntricos. ¿Qué hay de nuevo en eso?. Lo nuevo es que se ha demostrado científicamente este aspecto.

Llegamos a la conclusión de que las diferencias entre hombres y mujeres no es debido sólo a comportamientos sociales y a la educación recibida, si no que tenemos el cerebro y las hormonas diferentes. Las hormonas determinan la organización masculina o femenina del cerebro, a medida que se va desarrollando el ser humano en la matriz de su madre.

Las hormonas entran en el sistema nervioso y afectan nuestro comportamiento. El hipotálamo es el que regula el flujo hormonal. Y según sea hombre o mujer, organiza las hormonas de modo distinto. Ordena a la glándula pituitaria que emita las instrucciones para que se abra y cierre la válvula de las hormonas sexuales. En el caso del hombre, su tarea consiste en mantener el nivel hormonal constante. Pero en las mujeres las cosas son distintas, se crea un sistema de fases o ciclos (normalmente de veintiocho días). ¿Qué mujer no ha escuchado “tienes las hormonas revueltas” en algún momento de su vida?. Por supuesto esto lo dice un hombre.

Ahora ya es cosa aceptada que los cambios regulares en la personalidad de las mujeres se relacionan con las fases del ciclo menstrual, cambios que, para algunas mujeres, significan pasar bruscamente de “ánimo elevado positivo” a “ánimo elevado negativo”, independientemente de los factores sociales. El sol puede brillar, el trabajo puede ser satisfactorio, los niños dulces y buenos, tener el esposo perfecto, pero la mujer es presa de una tristeza biológicamente producida por sustancias químicas.

¿Y el sexo?

El sexo se encuentra, en gran parte, en el cerebro.

La alta concentración de hormona masculina, que actúa en el cerebro masculino por mediación del hipotálamo, significa que los niños son mucho más activos sexualmente que las niñas.

La mente de la mujer está organizada de tal forma que da prioridad a las relaciones, la de él, al éxito. Él conserva un registro de sus conquistas sexuales. La organización del cerebro femenino, de la mente de la mujer, no es tal que pueda mantener el sexo en un compartimiento diferente. Éste es más bien el modelo masculino, el cerebro del hombre tiene un archivador concreto para el sexo, que no guarda relación alguna con las emociones. El de la mujer conecta el sexo con una variedad mucho más amplia de información emocional, donde son muy importantes las relaciones.

A las mujeres no las ciega el deseo impulsado por la testosterona; en el cerebro femenino, los centros de la razón y de la emoción están mejor conectados. La mujer está mejor equipada para analizar sus emociones y razonar acerca de ellas.

Los hombres quieren sexo y las mujeres relaciones. Ellos desean “carne” y ellas amor.

El sexo, la agresividad y la dominación en el hombre son fruto de la interacción entre el cerebro, las hormonas y su naturaleza.

Después de este despliegue de diferencias ¿aún pensamos que el hombre y la mujer son iguales?; es mejor aceptar abiertamente las diferencias complementarias entre hombres y mujeres y aprovecharlas.¿No os parece?



Para saber más:

El sexo en el cerebro, Anne Moir y David Jessel Ed. Planeta.

Por qué los hombres mienten y las mujeres lloran. Allan y Barbara Pease. Amat Editorial.

Más enlaces:

http://www.gueb.org/Psicologia/Diferencias-Hombre-Mujer

http://www.elpais.com/articulo/salud/Cerebro/hombre/cerebro/mujer/elpsalpor/20060321elpepisal_5/Tes

¿Quién es más Inteligente el hombre o la Mujer?

http://www.eduardpunset.es/charlascon_detalle.php?id=25

viernes, 24 de octubre de 2008

viernes, 3 de octubre de 2008

miércoles, 1 de octubre de 2008

lunes, 29 de septiembre de 2008

TEXTO 2: MÉTODOS DE LA PSICOLOGÍA

Compendio de Psicología
Wilhelm Wundt

§ 3. Métodos de la psicología.

Siendo el objeto propio de la psicología, no los contenidos específicos de la experiencia, sino la experiencia general en su naturaleza inmediata, no puede servirse de otros métodos que de los usados por las ciencias empíricas, tanto en lo que respecta á las afirmaciones de los hechos como en lo que respecta á los análisis y á la ligazón causal de los mismos. La circunstancia de que la ciencia de la naturaleza hace abstracción del sujeto y la psicología no, puede ciertamente implicar modificaciones en el modo de usar los métodos, pero en manera alguna en la naturaleza esencial de los métodos usados.

Ahora bien; la ciencia natural que, como campo de investigación primeramente constituido, puede servir de ejemplo á la psicología, se auxilia de dos métodos principales: el experimento y la observación. El experimento consiste en una observación en la cual los fenómenos observables surgen y se desarrollan por la acción voluntaria del observador. La observación, en sentido estricto, estudia los fenómenos sin semejante intervención, tal como se presentan al observador en la continuidad de la experiencia.
[...]

Así, pues, aparece manifiesto que la psicología, no menos que la ciencia natural, dispone de dos métodos exactos; el primero, el método experimental, sirve para el análisis de los procesos psíquicos más simples; el segundo, la observación de los productos más generales del espíritu, sirve para el estudio de los más altos procesos y desarrollos psíquicos.


3 a. Como el uso de los métodos experimentales tiene su origen en la manera experimental usada por la fisiología, y especialmente por la fisiología de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso, la psicología experimental se llama también psicología fisiológica. En la exposición de ésta se acostumbra utilizar los conocimientos fisiológicos dados por la fisiología del sistema nervioso y de los órganos de los sentidos, conocimientos que, sin duda ninguna, pertenecen únicamente a la fisiología; pero hacen, con todo, deseable una exposición que tenga en cuenta con especialidad el interés psicológico. Por eso la psicología fisiológica tiene un carácter de disciplina transitoria; en suporte esencial es, como dice su nombre, psicología y, abstracción hecha de las ayudas fisiológicas, coincide con la psicología experimental en el sentido arriba definido, sí algunos han intentado establecer una destinción entre la psicología propiamente dicha y la psicología fisiológica, en el sentido de que sólo á la primera corresponde la interpretación de la experiencia interna, y a la segunda, por él contrario, la derivación de la misma experiencia de los procesos fisiológicos, se debe rechazar como insostenible semejante distinción. Existe un solo modo de explicación psicológica causal, que consiste en la derivación de los procesos psíquicos más complejos de otros más simples; en esta interpretación pueden siempre entrar los elementos fisiológicos, en virtud de la relación, arriba afirmada, de la experiencia natural con la psicológica, pero sólo como subsidiarios (§§ 2 y 4). La psicología materialista, al negar la existencia de una causalidad psíquica, en lugar del objeto que asignamos a la psicología, únicamente concede á ésta el de derivar los procesos psíquicos de la fisiología del cerebro. Esta dirección, insostenible, lo mismo teóricamente que psicológicamente por las razones expuestas (§§ 2 y 10) encuentra todavia buena acogida lo mismo entre los partidarios de la psicología pura que entre los de la psicología fisiológica.

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viernes, 26 de septiembre de 2008

TEXTO 1: LA NOCIÓN DE CONSCIENCIA

LA NOCIÓN DE CONCIENCIA


William James (1905)

Traducción castellana de Oihana Robador (2004)


Comunicación presentada (en francés) en el V Congreso Internacional de Psicología, Roma, 30 de abril de 1905. En una nota introductoria advierte William James que "esta comunicación es el resumen, forzosamente condensado, de ideas que el autor ha expuesto a lo largo de estos últimos meses, en una serie de artículos publicados en el Journal of Philosophy, Psychology, and Scientific Methods, editado por M. Woodbridge (Nueva York, 1904 y 1905)".



Me gustaría comunicarles algunas dudas que me han surgido sobre el tema de la noción de Conciencia que reina en todos nuestros tratados de psicología.

Definimos habitualmente la Psicología como la Ciencia de los hechos de la Conciencia, o de los fenómenos, o incluso de los estados de la Conciencia. Que admitamos que ésta depende de yoes personales, o que la consideremos impersonal ..., esta conciencia es considerada siempre como poseedora de una esencia propia, absolutamente distinta de la esencia de las cosas materiales, que tiene el misterioso don de representar y conocer. Los hechos materiales, tomados en su materialidad, no son experimentados, no son objetos de experiencia, no se refieren. Para que éstos adquieran la forma del sistema en el que sentimos vivir, es necesario que aparezcan y a ese hecho de aparecerse, añadido a su existencia bruta, se le denomina la conciencia que tenemos de ellos....

He aquí ese arraigado dualismo que parece imposible de alejar de nuestra visión del mundo. Este mundo puede existir perfectamente en sí, pero nosotros no podemos saber nada de él, ya que para nosotros es exclusivamente un objeto de experiencia, y la condición indispensable para ello es que sea referido con pruebas, que sea conocido por un sujeto o sujetos espirituales. Objeto y sujeto, he aquí las dos piernas sin las que parece que la filosofía no sabría dar un paso adelante.

...

Ahora bien ¿cómo se representa esta conciencia de la que todos somos tan dados a admitir su existencia? Imposible definirla, se nos dice, pero todos tenemos una intuición inmediata: en primer lugar la conciencia tiene conciencia de sí misma. Pregunten a la primera persona que se encuentren, hombre o mujer, psicólogo o ignorante, y les responderá que se siente pensar, disfrutar, sufrir, desear, de la misma manera que se siente respirar. La conciencia percibe directamente su vida espiritual como una especie de corriente interior, activa, ligera, fluida, delicada, diáfana por así decir, y absolutamente opuesta a lo que sea materialmente. En suma, la vida subjetiva no parece ser solamente una condición lógicamente indispensable para que haya un mundo objetivo que aparezca, se trata aun de un elemento de la experiencia misma que nosotros experimentamos directamente, del mismo modo que experimentamos nuestro propio cuerpo.

Ideas y Cosas, ¿cómo entonces no reconocer su dualismo? Sentimientos y Objetos, ¿cómo dudar de su heterogeneidad absoluta?

La llamada psicología científica admite esta heterogeneidad como la admitía la antigua psicología espiritualista. ¿Cómo no admitirla? Cada ciencia separa arbitrariamente dentro de la trama de los hechos, un ámbito en el que se encierra, y del que describe y estudia el contenido. La psicología considera como su dominio el ámbito de los hechos de la conciencia. Los postula sin criticarlos, los opone a los hechos materiales y, sin criticar tampoco la noción de estos últimos, los asocia a la conciencia mediante el lazo misterioso del conocimiento, de la apercepción que, para ella, es un tercer tipo de hecho fundamental y último. Siguiendo esta vía, la psicología contemporánea ha celebrado grandes triunfos. Ha podido realizar un boceto de la evolución de la vida consciente, concibiendo esta última como una adaptación cada vez más completa al medio físico circundante. La psicología contemporánea ha podido establecer también un paralelismo en el dualismo, el de los hechos físicos y los acontecimientos cerebrales. Ha explicado las ilusiones, las alucinaciones y hasta cierto punto, las enfermedades mentales. Se trata de bellos progresos, pero todavía quedan bastantes problemas. La filosofía general especialmente, que tiene como deber escrutar todos los postulados, encuentra paradojas e impedimentos ahí donde la ciencia hace caso omiso, y en esto, no hay nada como los amantes de la ciencia popular que nunca se muestran perplejos (ante aquellos). Cuanto más al fondo de las cosas vamos, más enigmas encontramos, y por mi parte confieso que desde que me ocupo seriamente de la psicología, ese viejo dualismo de materia y pensamiento, esta heterogeneidad entendida como absoluto de estas dos esencias, siempre me ha planteado dificultades. Es de algunas de estas dificultades de las que me gustaría hablarles ahora.

Para empezar hay una que, estoy convencido, les habrá llamado la atención a todos. Tomemos la percepción exterior, la sensación directa que nos ofrecen por ejemplo los muros de esta sala. ¿Podemos decir que lo psíquico y lo físico son aquí absolutamente heterogéneos? Al contrario, son tan poco heterogéneos que si nos situamos en el punto de vista del sentido común, si hacemos abstracción de todas las invenciones explicativas, moléculas y ondulaciones etéreas, por ejemplo, que son en el fondo entidades metafísicas; si, en una palabra, tomamos la realidad ingenuamente, tal y como nos es dada en primer lugar, esta realidad sensible de donde dependen nuestros intereses vitales y sobre la que responden todas nuestras acciones, esta realidad sensible y la sensación que tenemos de ella son, en el momento en el que la sensación se produce, absolutamente idénticas una con otra. La realidad y la apercepción misma. Las palabras "muros de esta sala" no significan más que esta blancura fresca y sonora que nos rodea, interrumpida por esas ventanas, limitada por esas líneas y esos ángulos. Lo físico aquí, no tiene otro contenido que lo psíquico. El sujeto y el objeto se confunden.

...


...

Si en este momento pienso en mi sombrero, que acabo de dejar en el guardarropa, ¿dónde está el dualismo, el discontinuo, entre el sombrero pensado y el sombrero real? Es de un verdadero sombrero ausente de lo que mi espíritu se ocupa. Lo tengo en cuenta prácticamente como si de una realidad se tratase. Si estuviera presente en esta mesa, el sombrero determinaría un movimiento de mi mano: yo me lo quitaría. De la misma forma, ese sombrero concebido, ese sombrero idealizado, determinará luego la dirección de mis pasos. Iré a cogerlo. La idea que tengo de él se continuará hasta la presencia sensible del sombrero y se fundirá con ella armoniosamente.

Concluyo entonces que –aunque hay un dualismo práctico–, ya que las imágenes se distinguen de los objetos, tienen lugar, y nos llevan a ellos, no hay motivo para atribuirles una diferencia de naturaleza esencial. Pensamiento y actualidad están hechos de un solo y único tejido, que es el tejido de la experiencia en general.

¿Podría suceder esto si el objeto y la idea fueran de naturaleza absolutamente desigual?

...

En lo que respecta a mí, tras largos años de duda, he terminado por tomar una decisión rotunda. Creo que la conciencia, tal y como se la representa comúnmente, sea como entidad, sea como actividad pura, pero en todo caso como fluido, inextenso, diáfano, vacío de todo contenido propio, conociéndose directamente a sí mismo, espiritual al fin, creo, digo, que esta conciencia es una pura quimera, y que la suma de realidades concretas que la palabra conciencia debería abarcar, merece una descripción totalmente distinta, descripción que por lo demás, una filosofía atenta a los hechos y sabiendo hacer un poco de análisis, estaría en lo sucesivo en situación de producir o, más bien, de comenzar a producir. Sería mucho más corta que la primera, porque si la desarrollase sobre la misma escala, sería mucho más larga. Es necesario, en consecuencia, que me restrinja a las indicaciones indispensables.

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...

Creo que en suma, nos representamos la realidad como constituida de la manera en la que están hechos los "colores" que nos sirven para la pintura. Para empezar hay materias colorantes que corresponden al contenido, y hay un vehículo, óleo o cola, que las mantiene en suspensión y que corresponde a la conciencia. Es un dualismo completo, en el que, empleando ciertos procedimientos, podemos separar cada elemento del otro por vía de sustracción. Es así como nos aseguramos que haciendo un gran esfuerzo de abstracción introspectiva, podemos aprehender nuestra conciencia sobre lo vivo, como una actividad espiritual pura, casi despreciando por completo las materias que en un momento dado ella alumbra.

...

Creo por tanto que no sabríamos tratar la conciencia y la materia como si fueran esencias diferentes.


...

Permítanme por tanto que resuma todo lo dicho –muy someramente, y en un estilo dogmático– en las seis tesis siguientes:

1º La Conciencia, tal como se la entiende ordinariamente, no existe, no más que la Materia, a la que Berkeley ha dado el golpe de gracia;

2º Lo que existe y forma la parte de verdad que la palabra "Conciencia" recubre, es la susceptibilidad que poseen las partes de la experiencia de ser relacionadas o conocidas;

3º Esta susceptibilidad se explica por el hecho de que ciertas experiencias pueden llevar las unas a las otras mediante experiencias intermediarias netamente caracterizadas, de tal forma que las unas se encuentran desempeñando el papel de cosas conocidas y las otras el de sujetos cognoscentes;

4º Se puede perfectamente definir esos dos papeles sin salir de la trama de la experiencia misma, y sin invocar nada trascendente;

5º Las atribuciones sujeto y objeto, representado y representativo, cosa y pensamiento, significan por tanto una distinción práctica que es de la máxima importancia, pero que es de orden FUNCIONAL solamente, y en absoluto ontológica como el dualismo clásico la representa;

6º A fin de cuentas, las cosas y los pensamientos no son en ningún punto profundamente heterogéneas, pues están hechos de un mismo tejido, tejido que no se puede definir como tal, sino solamente experimentar, y que se puede llamar, si se quiere, el tejido de la experiencia en general.

¿Para qué sirve la psicología?

La psicología como ciencia

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ESTRUCTURALISMO: WILHELM WUNDT

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LA ESUCELA PSICOANALISTA



EL FUNCIONALISMO WILLIAM JAMES



EL CONDUCTISMO

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PSICOLOGIA DE LA GESTALT

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